Equidad de género: Mirar allí donde no estamos mirando

15 noviembre 2018

Escrito por Norma Correa & Hugo Ñopo

Además de ser una ocasión para celebrar, el Bicentenario de la República es una oportunidad para generar consensos sobre lo que nos falta para construir una sociedad más democrática, moderna e inclusiva. La igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres es un tema en el cual existe consenso “en papel”, pero la realidad nos revela que queda mucho por hacer.

Nuestra sociedad no usa eficientemente su recurso más preciado: el talento humano. Las familias peruanas realizan importantes esfuerzos económicos para brindar formación superior a sus hijos e hijas. Como resultado, hace algunos años ya, hemos alcanzado paridad de género tanto en ingreso como en graduación en el sistema universitario. A pesar de ello, el mercado laboral subutiliza el recurso humano femenino. Las mujeres son sólo un tercio de los trabajadores dependientes en empresas medianas y grandes. La situación se agrava en los directorios de las empresas que cotizan en la Bolsa de Valores de Lima, donde las mujeres son menos de un décimo. El más simple argumento de eficiencia económica revela el gran problema detrás de estas cifras.

En el sistema universitario, alcanzada la paridad en matricula y graduación, es momento de enfrentar un reto pendiente: la segregación. Las mujeres mayoritariamente están en las carreras orientadas a los servicios, los hombres son mayoría en las facultades de ciencias básicas e ingeniería. Esta es una fuente de inequidades futuras. Para aliviarlas hay que trabajar tanto en el sistema universitario como en la educación primaria y secundaria. Una clave para ello es la enseñanza de las matemáticas.

En los mercados de trabajo, la inequidad en el acceso ejemplificada líneas arriba, es síntoma de algo mayor. Cuando pensamos la presencia femenina en el mundo del trabajo, uno de los temas que suele concitar mayor atención son las brechas salariales entre hombres y mujeres. El análisis sistemático de dichas brechas revela algunos patrones que desafían lugares comunes instalados en la sociedad. Por ejemplo, se suele pensar que parte importante de las brechas salariales son resultado de prácticas discriminatorias de los empleadores.

Sin embargo, las brechas salariales más graves se encuentran en el autoempleo, en los empleos temporales, los informales y los de tiempo parcial (es decir, quienes trabajan 30 horas semanales o menos). Esto no quiere decir que no existan prácticas discriminatorias entre los empleadores o en la sociedad. Ciertamente las hay, pero su análisis merece una columna íntegramente dedicada a ello. Lo que queremos decir ahora es que la evidencia nos dice que vale la pena mirar allí donde no estamos mirando: las brechas salariales son mayores en los segmentos más flexibles de los mercados de trabajo.

El trabajo a tiempo parcial provee claves para entender una parte importante del problema. Sólo uno de cada diez hombres que trabaja lo hace a tiempo parcial, en contraste esto sucede con una de cada cuatro mujeres. La evidencia parece indicar que la mayor participación femenina en el trabajo a tiempo parcial no es una elección libre, sino que está vinculada a la condición de maternidad y a las responsabilidades domésticas. En el Perú, por cada hora de trabajo doméstico que un hombre provee dentro de su hogar, una mujer provee cuatro. Entonces, una vez más, la evidencia nos invita a mirar allí donde no estamos mirando: parte importante de la explicación de las brechas salariales está en el reparto desigual de las tareas dentro del hogar.

Los vasos comunicantes entre el hogar y el mundo del trabajo no han recibido suficiente atención desde las políticas públicas. Históricamente, nuestra sociedad ha considerado al cuidado y a las tareas domésticas como asuntos a ser resueltos en la esfera privada. Como explica la antropóloga Jeanine Anderson, la forma cómo se organiza el trabajo doméstico y el cuidado de los miembros del hogar puede ser entendida como una economía que requiere una serie de recursos para su funcionamiento (dinero, tiempo, conocimiento), pero también sentimientos y actitudes (afecto, compromiso, etc).

En el Perú, las mujeres cargan la mayor parte de la economía del cuidado sobre sus hombros y eso restringe sus posibilidades de trabajo. A esto se suma la limitada oferta de servicios institucionales de ciudado, con la excepción del programa Cuna Más dirigido a hogares pobres. Las mujeres con mayores ingresos tienen la opción de contratar trabajo doméstico realizado, generalmente, por otras mujeres. Las mujeres de menores ingresos dependen, principalmente, de redes de soporte familiar.

Los esfuerzos que buscan mejorar la participación laboral de las mujeres y cerrar brechas salariales no deben olvidar la importancia del reparto equitativo de tareas al interior de los hogares. Este cambio, de naturaleza cultural, depende más de lo que hagamos en el día a día en nuestros hogares, frente a nuestros seres queridos, que de políticas puntuales o anuncios rimbombantes.

En nuestras manos está realizar pequeños cambios cotidianos que, a la larga, resultan los más significativos y duraderos, pues trascienden generaciones. Desterremos los estereotipos de género y generemos una igualdad de oportunidades real para hombres y mujeres, empezando por casa. Si queremos dejar un mejor Perú para las generaciones futuras, aquí yace uno de los principales cambios que debemos lograr luego del Bicentenario.

Version original publicada el 15/11/2018 en Gestión