La ley de promoción agraria : la discusión necesaria (parte II)

13 junio 2018

Escrito por Piero Ghezzi

En un artículo anterior (https://bit.ly/2JMrYhK), discutimos los retos pendientes en el agro moderno: aumentar significativamente las exportaciones, lograr la inserción de pequeños productores en las cadenas formales de valor y analizar qué se puede hacer con agricultura de la sierra.

Tenemos un reto enorme para lograr que el sector tenga una dimensión mucho mayor. Exportar USD5,000 millones es muy bueno, pero Chile, con menores ventajas comparativas que nosotros, exporta 13,000 mln y México 32,000.

Para que nuestras exportaciones crezcan muchos más, se presentan tres tareas: abrir más mercados para los productos que ya exportamos,  encontrar nuevos productos/variedades de exportación y pasar a ser un país que exporta todo el año. Si no lo logramos, corremos el riesgo de que futuros aumentos en productividad signifiquen mayor oferta y (con una demanda estática) precios más bajos.  Lo que ganamos en mayor cantidad lo podríamos perder (por lo menos parcialmente) con menores precios . El ejemplo de la papa de comienzos de año es ilustrativo.

Abrir más mercados para los productos que ya exportamos es la menos difícil de las tres tareas. Para ello, el rol del Senasa será fundamental. En ese sentido, los cambios recientes en su dirección no parecen ideales.  El Mincetur también tendrá un rol importante que jugar, dado que muchos de los productos cuyos mercados no hemos abierto (por ejemplo, la uva a Japón) son los más complicados y con un componente político importante.

Encontrar nuevos productos de exportación es un poco más complejo. El último empuje agro-exportador se produjo al descubrir que el arándano se adecúa a las condiciones del norte del país. Pasamos de ser el exportador 39 de arándanos en el mundo en el 2014 a ser el 3 en el 2017. Encontrar un nuevo “arándano” será crucial.

Pero tal vez, la más importante de las tres tareas para el crecimiento sostenido consiste en pasar de ser un exportador de ventana de oportunidad a ser uno que venda casi todo el año. El boom comenzó aprovechando los precios altos del espárrago en el hemisferio norte durante los meses en los que los productores de ese hemisferio no estaban presentes. Ese modelo se siguió con otros productos. Es cierto que la ventana de oportunidad se ha venido ampliando, ya que vendemos durante un número creciente de meses, pero debemos mejorar todavía bastante para ser más competitivos en los meses del año en los que la producción del hemisferio norte está presente. Los costos  logísticos son una desventaja. En ese sentido, ojalá se logre que el recientemente concesionado Puerto de Salaverry, en el corazón del hub agroexportador, pueda utilizarse también para la agro-exportación y no solo para la minería. Eso implicará poder, efectivamente, minimizar los riesgos de contaminación y de cierres de puerto que impidan planear la cadena logística con mayor certidumbre.

Las tareas de ampliar las ventanas y de descubrir nuevos productos de exportación requerirán, entre otras cosas, redoblar esfuerzos en innovación. Todo nuestro esfuerzo ha consistido en lograr que variedades desarrolladas en el hemisferio norte se adapten a nuestras condiciones locales. Esto implica mucha prueba y error. El siguiente paso natural es empezar a hacer desarrollos locales (local breeding). Tal vez, esta estrategia no tendrá impacto inmediato, pero es crucial para diferenciarnos con variedades propias y aumentar sosteniblemente la productividad.

En general, los esfuerzos de innovación para la agro-exportación en el Perú son aislados. Cada empresa desarrolla aquello que le es rentable. No internaliza los beneficios para el resto del país. Como consecuencia, se invierte muy poco en innovación y con un horizonte de muy corto plazo.

Para contrarrestar parcialmente ello, se requiere un mayor rol del Estado, particularmente del Instituto Nacional de Innovación Agraria (INIA). Su papel en el boom agroexportador ha sido nulo. Eso contrasta con el rol crucial de otras instituciones públicas de investigación en la región (como el EMBRAPA en Brasil o, en menor medida, el INTA en Argentina).

Escepticismo privado, sobre todo de las empresas más modernas, ante un potencial rol del INIA es entendible dada la historia reciente. Pero no es razón para no actuar.  Los costos de tener un INIA deficiente los sufre el país, pero, sobre todo, los eslabones más débiles de la cadena productiva. Ello se aprecia más claramente durante situaciones críticas. Observemos el costo que significó no tener mayor idea de cómo enfrentar la roya en el caso del café.

Esto nos conduce a las dos otras asignaturas pendientes: lograr integrar crecientemente a pequeñas y medianas empresas en todo la cadena de valor y comenzar a analizar qué se debe hacer con la agricultura en la sierra.

El pequeño productor no ha sido un protagonista en el boom. Ello se puede explicar porque, muchas veces, no alcanza los estándares de calidad y productividad necesarios para engancharse en cadenas de valor internacionales. El Estado necesita jugar un rol para ayudarlos a dar ese salto productivo y de calidad. Por ejemplo,  el INIA podría ayudar a desarrollar un protocolo de cómo producir palta en todo el Perú. Los Centro de Innovación Productiva (Cite) agroindustriales están jugando un rol creciente (https://bit.ly/2seSO8i), pero requieren mayor impulso para ser macroeconómicamente relevantes. Una mayor cooperativización puede también ayudar a lograr a que las pequeñas logren la escala requerida para mejorar competitividad.

El pequeño productor se perjudica también por la falta de un desarrollo mucho mayor de packing independientes, que le brindaría mayor oportunidad de salida a sus productos.  Parte de la explicación (aunque no toda)  a la falta de packing independientes es que la Ley N°27360 puede estar generando una distorsión. No cabe duda de que un packing dentro de una empresa agroexportadora se puede acoger al régimen especial, mientras que no queda evidente que un packing independiente lo esté. Hay opiniones encontradas dependiendo del producto. Esto debería aclararse.

Relacionado a esto último, la Ley puede también estar parcialmente explicando una peculiaridad de la organización industrial de nuestro sector agroexportador moderno. Este está basado en buena medida en empresas grandes integradas verticalmente, que controlan toda la cadena de valor desde la innovación hasta la exportación.  Esto contrasta con lo que ocurre en otros países e  industrias donde hay empresas que se especializan en distintos segmentos de la cadena de valor, con clústeres productivos colaborativos, con mucha generación y diseminación de conocimiento.

Por último, queda saber qué hacer con la agricultura en la sierra.  El boom agroexportador ha ocurrido en grandísima medida en la costa. Algunos productores de la sierra, no muchos y fundamentalmente debajo de los 2000-2500 msnm, se han logrado encadenar, pero, a mayor altura, en la región natural quechua para arriba, no es todavía evidente la viabilidad económica de la agricultura. El modelo de la costa de gran escala y estandarización no es replicable allí. Es necesario pensar en algo distinto.  Eso debe incluir hacer más investigación sobre el potencial ganadero en la sierra.

El Perú no tiene mayor posibilidad de desarrollarse si no logramos que la agro-exportación crezca bastante más (y si no logramos poner en valor otros sectores como acuicultura, forestal y potencialmente ganadería). Si bien hemos avanzado mucho, hay mucho camino por recorrer si queremos sostener el crecimiento e incorporar a nuevos actores.  Todavía no la hemos hecho en la agro-exportación.