marzo 10, 2026

Caída y salida (parte 1)

Imagen: Gestión.

Nuestra fortaleza fiscal no se construyó a costa de nuestras debilidades estructurales. En las últimas décadas hubo más escasez de ideas y voluntad que de dinero para atacar estas últimas.

Los resultados tras el confinamiento, tanto en salud pública como económicos, han sido decepcionantes.  Cifras oficiales muestran fallecidos por encima de promedio histórico ya en exceso de 35 mil, y el consenso económico es que tendremos este año una contracción de por lo menos 12%, la mayor caída del PBI anual en 100 años.

¿Por qué nos va tan mal? Se han desarrollado varias narrativas. Una primera es que la situación actual responde a nuestras limitaciones estructurales. Según el gobierno es el mejor escenario posible dado el punto de partida. Según otros era lo esperado. Una segunda, minimiza los factores estructurales y atribuye toda la crisis a mala gestión del gobierno. Una tercera, la narrativa empresarial, reconoce errores de gestión pero los atribuye a la falta de colaboración con el sector privado, apuntando su artillería de manera selectiva a algunos sectores (Produce, MTPE) pero no a otros (MEF).

Todas tienen algo de verdad, pero también yerran de manera importante. Minimizar los factores estructurales sería irresponsable. También lo sería escudarse tras ellos. Por sí solos no explican (y menos justifican) los pobres resultados. Los errores de gestión se han dado precisamente por no reconocer estas debilidades en su debida dimensión. Cuando se diseñan e implementan políticas públicas, es vital considerar las condiciones de partida y restricciones que se enfrentan. Eso es algo que el gobierno en su conjunto, desde Salud hasta Economía, no ha hecho.

Por ejemplo, no es que recién hayamos descubierto que el Perú es informal. Y justamente por ello debió reconocerse que la cuarentena podía ser estricta o larga, pero no ambas cosas a la vez. Con la información disponible en la quincena de marzo, la cuarentena generalizada y estricta estaba justificada. Con la disponible en la quincena de abril, no. Para entonces era evidente que el ‘martillo’ era blando cuando se trataba del sector informal. En lugar de corregir, el gobierno redobló la apuesta, con sucesivas extensiones sin ningún ajuste significativo hasta fines de mayo. No se implementó un sistema de seguimiento y aislamiento de casos. Tampoco, pese a las alertas, se controlaron los focos de contagio, como lo demostró la tardía atención a mercados y la casi inexistente al transporte público. Y pese a la importancia y bajo costo de mascarillas adecuadas, nunca se lanzó un programa público masivo de subsidio y distribución.

Del mismo modo, las deficiencias en equipamiento del sector salud eran ampliamente conocidas. Sin embargo, la emergencia sanitaria, cuyo objetivo es permitir la preparación y equipamiento del sector salud, se declara casi en simultáneo con la cuarentena, ya con contagio comunitario. Esta decisión tardía nos costó caro. Devino en la imposibilidad o demora prolongada en adquisiciones críticas, como equipos y pruebas, que condicionaron la capacidad de respuesta todos estos meses.

Ni la informalidad ni la salud pública deficiente hacían inevitables las decenas de miles de fallecidos hasta el momento o una de las peores contracciones económicas proyectadas a nivel global. Sólo en nuestra región hay varios países con brechas estructurales mayores y mucho menores capacidades de respuesta macroeconómica que el Perú. Hasta ahora ninguno tiene resultados tan adversos en ambos frentes.

El milagro que no fue

Para revertir nuestras debilidades estructurales, debemos entender porque persistieron durante la bonanza macroeconómica. En los últimos meses ha ganado tracción el argumento de que las fortalezas y ahorros generados en los últimos 25 años –– aquellos que hicieron del Perú un ‘milagro’––, son resultado de una visión ‘fiscalista’, que privilegió la fría ‘macro’ por encima de una agenda de desarrollo.

Es verdad que nuestro modelo de crecimiento peruano no contenía la semilla del desarrollo. Se había descuidado los pilares que no solamente tienen mayor impacto en la calidad de vida de los peruanos sino que también determinan la sostenibilidad del crecimiento (Ghezzi y Gallardo, 2013).  Y la noción del Perú como ‘milagro económico’ ya había empezado a desgastarse incluso antes del Covid-19 (https://hacerperu.pe/el-milagro-que-no-fue/). En ausencia de condiciones internacionales excepcionalmente favorables nuestras debilidades se hacen nítidamente visibles.

Pero la explicación fiscalista de nuestros problemas es, en el mejor de los casos, incompleta. Las barreras para avanzar hacia el desarrollo han sido la falta de interés real, de liderazgo y de capacidades.  Hubo mucho mayor escasez de ideas, visiones y voluntad colectiva que de dinero para implementarlas.

Ello deviene en dos tipos de problemas. El primero, la prevalencia de errores de omisión más que de comisión. Es errado culpar a lo que se hizo (prudencia fiscal, acumulación de reservas, credibilidad monetaria, etc.), en vez de a lo que se dejó de hacer.

El segundo, la imposibilidad de que políticas de gobierno se vuelvan de Estado. Dos ejemplos recientes son la reforma educativa y la de política productiva. La reforma educativa es ahora una fábrica de aumentos salariales, y la reforma universitaria sólo subsiste a trompicones. La segunda, representada por la diversificación productiva, fue abandonada y sustituida por la lógica de “dimetutraba.pe”, pese a la urgencia de revertir nuestra dualidad productiva.

La falta de éxito de la reforma de salud iniciada a comienzos de la década pasada gráfica estos problemas. El dinero no fue el problema más importante. Entre el 2010 y el 2015 se aumentó el gasto público en la función salud 114%— mayor inclusive al incremento de 89% en educación—. Se buscó incrementar la cobertura de servicios como parte de una reforma que incluyó 23 DLs. Hubo enormes brechas por cerrar y errores de diseño e implementación. Pero crucial fue la falta de un esfuerzo continuo por profundizar las reformas y corregir lo que no funcionaba. Ello se refleja en la sustancial desaceleración del gasto en salud durantes los últimos cuatro años.

Nuestro ‘colchón’ fiscal no se construyó a costa de nuestras debilidades estructurales sino pese a ellas. Atender nuestras deficiencias en salud, educación o seguridad no requiere abandonar las políticas de buen manejo macroeconómico. Es una falsa dicotomía. Si el Covid-19 nos ha exhibido como un ‘pobre con plata’ (Vergara dixit) es en parte porque muchos se creyeron el ‘cuento’ del milagro económico y asumieron que el desarrollo vendría automáticamente de la mano del crecimiento.

Salir de esta crisis profunda requiere de claridad y visión de largo plazo en la formulación de políticas públicas. Para eso es clave darles continuidad de un gobierno a otro. Sobre eso, la segunda parte.