Caída y salida (parte 2)
Imagen: Gestión.
Necesitamos no solo una reactivación sino un reinicio. Las reformas necesarias para construir un mejor país no se materializarán sin un proceso de fortalecimiento del Estado.
El último martes señalamos que nuestra fortaleza macroeconómica no se construyó a costa de nuestras debilidades estructurales sino pese a ellas. Ahora incluso, esta fortaleza, que incluye la credibilidad fiscal, se viene erosionando.
Uno de los aspectos más preocupantes de la política económica actual es el debilitamiento del marco macrofiscal. Muestras de ello son la decisión de suspender las reglas fiscales––en vez de utilizar las cláusulas de excepción––y la ausencia de proyecciones y de una estrategia económica explícita de respuesta. El BCR, el FMI, el Banco Mundial, el Consejo Fiscal, bancos y consultoras han publicado proyecciones económicas. La única excepción es el dueño de la billetera: el MEF.
Las proyecciones pueden, naturalmente, fallar. Pero permiten tener una trayectoria esperada. Son un primer paso esencial para formular una política económica predecible y transparente, especialmente en tiempos de crisis.
Lo inmediato: mitigar y proteger
El gobierno ha pasado de desestimar como exageradas las proyecciones que alertaban de una contracción de doble dígito a impulsar una apertura tardía y desordenada ante la evidencia de una profunda crisis económica y social. De cerrar y prohibir (casi) todo, a abrir y permitir (casi) todo sin una estrategia.
¿Cuándo y cómo será la salida de esta crisis? Si la dinámica de la pandemia no se deteriora sustancialmente veremos un rebote inicial por la reapertura. Pero después sentiremos el impulso negativo de demanda. Enfrentamos una recuperación lenta y con riesgos a la baja. No alcanzaremos el nivel de actividad económica pre-Covid hasta por lo menos el 2022. Y la recuperación del empleo adecuado y formal tomará incluso más tiempo.
Entre las políticas de reactivación requeridas estará continuar con medidas excepcionales de alivio social a un padrón ampliado de beneficiarios (la inclusión financiera digital debe acelerarse). También, implementar estímulos tradicionales de demanda (una versión rediseñada y corregida de Arranca Perú). Se necesitarían nuevos diferimientos y fraccionamientos tributarios y quizás medidas de reducción de obligaciones tributarias selectivas (sectores/actividades).
Es urgente estabilizar el mercado laboral con mecanismos para compartir la carga entre empresas, trabajadores y el Estado, como han hecho otros países. Esto incluye subsidios a las planillas, pero focalizados por sectores y condicionados al mantenimiento de puestos de trabajo, y probablemente incentivos a la creación de empleo.
Por otro lado, las nuevas facilidades crediticias y de liquidez deben corregir los errores previos (ver https://hacerperu.pe/funciono-o-no-reactiva-peru/) para permitir mayor acceso a empresas en los sectores más afectados y a la MYPE (Reactiva 2 empezó mejor que Reactiva 1). También se debe implementar un fortalecimiento patrimonial voluntario del sistema de microfinanzas.
El reinicio: una nueva visión de país
Las medidas de reactivación podrán ayudarnos a retomar el crecimiento, pero no nos pondrán en la senda del desarrollo. La pandemia ha patentizado un fracaso colectivo (público y privado) en proveer bienes y servicios esenciales para el desarrollo, especialmente salud y educación, determinantes de acceso a oportunidades. Lamentablemente, concebir y sostener reformas ha demostrado ser particularmente difícil en estos sectores.
Por ello, salir de la crisis no se trata de regresar al ‘business as usual’. Debemos emprender una agenda que aborde el problema de fondo de nuestra triple desigualdad: de ingresos, de acceso a servicios y de derechos. Si no, los procesos de deterioro institucional y de acentuación del dualismo económico-productivo continuarán.
Por ejemplo, los mecanismos de apoyo al mercado laboral en el corto plazo deben servir de punto de partida para una reforma laboral que, aunque no es una bala de plata, es clave para combatir la informalidad. El subsidio a la planilla podría en el largo plazo transformarse en un seguro de desempleo que nos lleve de la rigidez laboral que tenemos hoy a un esquema de ‘flexicurity’ (flexibilidad para la contratación y despido pero con cobertura temporal para quienes pierden el trabajo).
Del mismo modo, las facilidades crediticias para MYPE deben integrarse a una estrategia de diversificación productiva de largo plazo. Ello implica que el crédito venga acompañado de asistencia técnica para facilitar el ‘salto’ de calidad. Si en el corto plazo el énfasis es prevenir el rompimiento de la cadena de pagos por el lado de la MYPE, en el largo el objetivo debe ser su fortalecimiento e integración a cadenas de valor. No hay una receta para reducir la informalidad, pero sin mejoras en capital humano, en productividad (laboral y MYPE) y un marco laboral funcional, no lograremos avances.
Sin embargo, nada de esto va a pasar sin un Estado más capaz a todos los niveles. Estas reformas deben ir acompañadas de un nuevo impulso a la descentralización, irremplazable para acercar el Estado a poblaciones con distintas realidades y retos, pero disfuncional en ausencia de mayores capacidades subnacionales. También es clave un replanteamiento de la planificación urbana y el desarrollo sostenible de los territorios.
Debemos reconocer que el Estado tiene un rol fundamental en el desarrollo. También, que no basta con asignar más dinero para fortalecerlo. Reactivar la economía debe ser parte de un esfuerzo mayor, un reinicio: para empezar a proveer colectivamente los bienes públicos que necesita nuestra economía y nuestra sociedad; para transformar la dinámica en la relación público-privada-ciudadana. Ello va a requerir cambios en la organización y capacidades del Estado para que abandone su rol pasivo y sea un actor clave en el desarrollo. Un nuevo paradigma. Ni la retórica ni las buenas intenciones bastarán.